11.6.07
LOS CUENTOS DE EVA LUNA ISABEL ALLENDE
20: Librodot Cuentos de Eva Luna Isabel Allende 20 inflamados, como si estuviera a punto de reventarle un par de alas de angelote. El rumor de la agonía de Clarisa se regó con rapidez. Los hijos y yo tuvimos que atender a una inacabable fila de gentes que venían a pedir su intervención en el cielo para diversos favores o simplemente a despedirse. Muchos esperaban que en el último momento ocurriera un prodigio significativo, como que el olor a botellas rancias que infectaba el ambiente se transformara en perfume de camelias o su cuerpo refulgiera con rayos de consolación. Entre ellos apareció su amigo, el bandido, quien no había enmendado el rumbo y estaba convertido en un verdadero profesional. Se sentó junto a la cama de la moribunda y le contó sus andanzas sin asomo de arrepentimiento. –Me va muy bien. Ahora me meto nada más que en las casas del barrio alto. Le robo a los ricos y eso no es pecado. Nunca he tenido que usar violencia, yo trabajo limpiamente, como un caballero –explicó con cierto orgullo. –Tendré que rezar mucho por ti, hijo. –Rece, abuelita, que eso no me puede hacer mal. También La Señora apareció compungida a darle el adiós a su querida amiga, trayendo una corona de flores y unos dulces de alfajor para contribuir al velorio. Mi antigua patrona no me reconoció, pero yo no tuve dificultad en identificarla a ella, porque no había cambiado tanto, se veía bastante bien, a pesar de su gordura, su peluca y sus extravagantes zapatos de plástico con estrellas doradas. A diferencia del ladrón, ella venía a comunicar a Clarisa que sus consejos de antaño habían caído en tierra fértil y ahora ella era una cristiana decente. –Cuénteselo a San Pedro, para que me borre del libro negro –le pidió. –Qué tremendo chasco se llevarán estas buenas personas si en vez de irme al cielo acabo cocinándome en las pailas del infierno... –comentó la moribunda, cuando por fin pude cerrar la puerta para que descansara un poco. –Si eso ocurre allá arriba, aquí abajo nadie lo sabrá, Clarisa. –Mejor así. Desde el amanecer del viernes se congregó una muchedumbre en la calle y a duras penas sus hijos lograron impedir el desborde de creyentes dispuestos a llevarse cualquier reliquia, desde trozos de papel de las paredes hasta la escasa ropa de la santa. Clarisa decaía a ojos vista y por primera vez dio señales de tomar en serio su propia muerte. A eso de las diez se detuvo frente a la casa un automóvil azul con placas del Congreso. El chófer ayudó a descender del asiento trasero a un anciano, que la multitud reconoció de inmediato. Era don Diego Cienfuegos, convertido en prócer después de tantas décadas de servicio en la vida pública. Los hijos de Clarisa salieron a recibirlo y lo acompañaron en su penoso ascenso hasta el segundo piso. Al verlo en el umbral de la puerta, Clarisa se animó, volvieron el rubor a sus mejillas y el brillo a sus ojos. –Por favor, saca a todo el mundo de la pieza y déjanos solos –me sopló al oído. Veinte minutos más tarde se abrió la puerta.y don Diego Cienfuegos salió arrastrando los pies, con los ojos aguados, maltrecho y tullido, pero sonriendo. Los hijos de Clarisa, que lo esperaban en el pasillo, lo tomaron de nuevo por los brazos para ayudarlo y entonces, al verlos juntos, confirmé algo que ya había notado antes. Esos tres hombres tenían el mismo porte y perfil, la misma pausada seguridad, los mismos ojos sabios y manos firmes. Esperé que bajaran la escalera y volví donde mi amiga. Me acerqué para acomodarle las almohadas y vi que también ella, como su visitante, lloraba con cierto regocijo. –Fue don Diego su pecado más grave, ¿verdad? –le susurré. –Eso no fue pecado, hija, sólo una ayuda a Dios para equilibrar la balanza del destino. Y ya ves cómo resultó de lo más bien, porque por dos hijos retardados tuve otros dos para cuidarlos. Esa noche murió Clarisa sin angustia. De cáncer, diagnosticó el médico al ver sus capullos 20 Librodot
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Cuentos de eva luna .. Isabel Allende
Antología Visiones 1994

Antología Visiones 1994
Selección de Javier Redal.
Contenido:
Abolicionistas de Javier Cuevas Sigue al rey de Manuel Jimenez Soler Confesiones de un papanatas de mierda de Juan Manuel Santiago Discípulo de Jano de Pedro Pablo García May Estar tres de Susana Vallejo Darío de Eduardo Gallego Arjona y Guillem Sánchez
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Abolicionistas de Javier Cuevas Sigue al rey de Manuel Jimenez Soler Confesiones de un papanatas de mierda de Juan Manuel Santiago Discípulo de Jano de Pedro Pablo García May Estar tres de Susana Vallejo Darío de Eduardo Gallego Arjona y Guillem Sánchez
7.6.07
Panorámica lunar

En la misión Apolo 17, en 1972, el astronauta norteamericano Harrison Schmitt exploró de primera mano la superficie lunar. Esta misión tomó extraordinarias fotografías de la Tierra, desde su satélite natural, la Luna.
En esta panorámica de la Luna, construida a partir de las fotos tomadas por el astronauta Eugene Cernan, es evidente la magnífica desolación del paisaje lunar estéril.
Las rocas lunares se ven en primer plano, las montañas lunares en el fondo, algunos cráteres pequeños y al astronauta Schmidt, brincoteando de regreso al módulo.
Unos días después que se obtuviera esta panorámica, la misión Apolo 17 dejó la Luna. Según la propuesta del presidente Bush, los Estados Unidos podrían volver a la Luna entre 2015 y 2020, nunca más tarde de esta última fecha. Como apoyo se enviarían sondas que explorarían la superficie lunar antes de 2008.
En esta panorámica de la Luna, construida a partir de las fotos tomadas por el astronauta Eugene Cernan, es evidente la magnífica desolación del paisaje lunar estéril.
Las rocas lunares se ven en primer plano, las montañas lunares en el fondo, algunos cráteres pequeños y al astronauta Schmidt, brincoteando de regreso al módulo.
Unos días después que se obtuviera esta panorámica, la misión Apolo 17 dejó la Luna. Según la propuesta del presidente Bush, los Estados Unidos podrían volver a la Luna entre 2015 y 2020, nunca más tarde de esta última fecha. Como apoyo se enviarían sondas que explorarían la superficie lunar antes de 2008.
LOS CUENTOS DE EVA LUNA ISABEL ALLENDE
19: Librodot Cuentos de Eva Luna Isabel Allende 19 ella una infusión de camomila, a ver si eso la tranquilizaba un poco. Entretanto Clarisa, con una expresión de gran melancolía, colocó todo en orden y sirvió el último plato de comida para su marido. Puso la bandeja ante la puerta cerrada y llamó por primera vez en más de cuarenta años. –¿Cuántas veces he dicho que no me molesten? –protestó la voz decrépita del juez. –Disculpa, querido, sólo deseo avisarte que me voy a morir. –¿Cuándo? –El viernes. –Está bien –y no abrió la puerta. Clarisa llamó a sus hijos para darles cuenta de su próximo fin y luego se acostó en su cama. Tenía una habitación grande, oscura, con pesados muebles de caoba tallada que no alcanzaron a convertirse en antigüedades, porque el deterioro los derrotó por el camino. Sobre la cómoda había una urna de cristal con un Niño Jesús de cera de un realismo sorprendente, parecía un bebé recién bañado. –Me gustaría que te quedaras con el Niñito, para que me lo cuides, Eva. –Usted no piensa morirse, no me haga pasar estos sustos. –Tienes que ponerlo a la sombra, si le pega el sol se derrite. Ha durado casi un siglo y puede durar otro si lo defiendes del clima. Le acomodé en lo alto de la cabeza sus cabellos de merengue, le adorné el peinado con una cinta y me senté a su lado, dispuesta a acompañarla en ese trance, sin saber a ciencia cierta de qué se trataba, porque el momento carecía de todo sentimentalismo, como si en verdad no fuera una agonia, sino un apacible resfrío. –Sería bien bueno que me confesara, ¿no te parece, hija? –¡Pero qué pecados puede tener usted, Clarisal –La vida es larga y sobra tiempo para el mal, con el favor de Dios. –Usted se irá derecho al cielo, si es que el cielo existe. –Claro que existe, pero no es tan seguro que me admitan. Allí son bien estrictos –murmuró. Y después de una larga pausa agregó–: Repasando mis faltas, veo que hay una bastante grave... Tuve un escalofrío, temiendo que esa anciana con aureola de santa me dijera que había eliminado intencionalmente a sus hijos retardados para facilitar la justicia divina, o que no creía en Dios y que se había dedicado a hacer el bien en este mundo sólo porque en la balanza le había tocado esa suerte, para compensar el mal de otros, mal que a su vez carecía de importancia, puesto que todo es parte del mismo proceso infinito. Pero nada tan dramático me confesó Clarisa. Se volvió hacia la ventana y me dijo ruborizada que se había negado a cumplir sus deberes conyugales. –¿Qué significa eso? –pregunté. –Bueno... Me refiero a no satisfacer los deseos carnales de mi marido, ¿entiendes? –No. –Si una le niega su cuerpo y él cae en la tentación de buscar alivio con otra mujer, una tiene la responsabilidad moral. –Ya veo. El juez fornica y el pecado es de usted. –No, no. Me parece que sería de ambos, habría que consultarlo. –¿El marido tiene la misma obligación con su mujer? –¿Ah? –Quiero decir que si usted hubiera tenido otro hombre, ¿la falta sería también de su esposo? –¡Las cosas que se te ocurren, hija! –Me miró atónita. –No se preocupe, si su peor pecado es haberle escamoteado el cuerpo al juez, estoy segura de que Dios lo tomará en broma. –No creo que Dios tenga humor para esas cosas. –Dudar de la perfección divina ése sí es un gran pecado, Clarisa. Se veía tan saludable que costaba imaginar su próxima partida, pero supuse que los santos, a diferencia de los simples mortales, tienen el poder de morir sin miedo y en pleno uso de sus facultades. Su prestigio era tan sólido, que muchos aseguraban haber visto un círculo de luz en torno de su cabeza y haber escuchado música celestial en su presencia, por lo mismo no me sorprendió, al desvestirla para ponerle el camisón, encontrar en sus hombros dos bultos 19 Librodot
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Cuentos de eva luna .. Isabel Allende
Antología Visiones 1993

Antología Visiones 1993
Selección de Elia Barceló.
Contenido:
El viento en la espalda (Seydrerian) de Santiago García Solans La noche de las tres lunas de José Antonio Cotrina Piensa, Coalt de Pedro Lopez El sol se ha roto de Georgina Burgos Gil Mi honor es mi vida de Juan Francisco Castillo Cazador de tiempo de Rafael Muñoz Vega Juicio en Re menor de Francisco José Gamiz La mujer que sabía escribir de Joan Carles Planells La verdadera historia del María Galante de Fernando Bendala De postre de Adolfina García Ojos de sombra de León Arsenal
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